Brahms. Sinfonía nº1 en Do menor, Op 68. II mov.

Brahms. Sinfonía nº1 en Do menor, Op 68. II mov.

II mov
Sinfonía nº1 en Do menor, Op 68.
Johannes Brahms (1833 - 1897)

Brahms. Sinfonía nº1 en Do menor, Op 68. II mov.

Brahms. Sinfonía nº1 en Do menor, Op 68. II mov.

TEATRO DE LA MAESTRANZA
Jueves 25 y Viernes 26 de Febrero de 2021 (3º de abono Ciclo 30 Aniversario)

Programa

SERGUÉI PROKÓFIEV (1891-1953)
Concierto para violín y orquesta nº 1, en Re mayor, Op. 19 (1916-17)
1.Andantino
2.Scherzo: Vivacissimo
3.Moderato – Andante

JOHANNES BRAHMS (1833-1897)
Sinfonía nº 1en Do menor, Op. 68 (1855-76)
Un poco sostenuto – Allegro
Andante sostenuto
Un poco allegretto e grazioso
Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio

AKIKO SUWANAI Violín
RODRIGO TOMILLO Director

Notas al programa

El Concierto para violín nº 1 de Serguéi Prokófiev surge en un momento de profunda transformación de su obra, hacia 1917. Tras un primer periodo caracterizado por sus asperezas tímbricas y disonancias, adscrito a corrientes como el futurismo, el músico decidió burlarse de aquellos que le acusaban de no saber componer, escribiendo una sinfonía a la manera de Haydn, “sin piano”. Aquel remedo de clasicismo, aliñado con las lecturas que estaba realizando de Kant por aquel entonces, dio lugar a la Sinfonía nº 1 “Clásica”, cuya “gavota” ya prefigura su lenguaje soviético (de hecho, la incluirá veinte años después en el ballet Romeo y Julieta).

Prokófiev presentó aquella broma en sociedad y, para su sorpresa, obtuvo gran aceptación, como ninguna obra suya hasta ese momento. Fruto de una inquietud similar escribiría poco después su Concierto para violín nº 1, para un instrumento que él no sabía tocar. Sin embargo, a los doce años había intentado escribir un concertino para violín, que no llegó a buen puerto. Fue a partir del tema inicial de esta obra juvenil que comenzó el nuevo concierto, en el que hacía alarde de un lirismo extraño en él, con momentos que hubieran podido ser considerados incluso hasta “románticos”.

Esto se deja sentir en el primer movimiento, con una escritura para el solista que explota a conciencia los recursos del instrumento, en tanto que la orquesta se muestra moderada. Luego tiene lugar la coda, “andante assai” en la que aparece un Prokófiev insólitamente delicado, como nunca antes, que logra uno de los pasajes más embebidos de belleza de su producción. Sin embargo, el segundo movimiento es un “scherzo” ‘vivacissimo’ donde encontramos al autor áspero de su primera etapa, explotando el efecto “sul ponticello” del violín.

La obra concluye con un “moderato” en el que Prokófiev vuelve a hacer alarde de su reciente lucidez, que algunos estudiosos han considerado “mendelssohniana” por su espíritu translúcido. En todo caso, se apuntan las influencias de Ravel y Szymanowski. Pero también contó con la asesoría del violinista polaco Pavel Kochanski, que impartía clases en el Conservatorio de Petrogrado y al que se propuso estrenar la obra. Pero los disturbios de Petrogrado, que ya abrían el camino a la inminente revolución, frustraron este estreno. Prokofiev decidió atender a sus compromisos en Europa y se marchó para no regresar en dos décadas, a un país totalmente transformado.

Respecto al Concierto nº 1 no logró estrenarlo hasta seis años después de haberlo escrito. Vio la luz en París, dirigido por Sergei Kussevitzki y con el violinista Marcel Darrieux. Sin embargo, el público esperaba al Prokófiev moderno y disonante y repudió la obra, que sólo alzaría el vuelo cuando el prestigioso Josef Szigeti comenzase a tocarla en sus giras.

Concluye este programa con la Sinfonía nº 1 de Brahms, acaso aquella que más tiempo ha llevado a un compositor. Sintiéndose culpable por pretender seguir las huellas trazadas por Beethoven en el género sinfónico, Brahms tuvo que detenerse muchas veces en su tarea, lleno de dudas.

Su primera tentativa sinfónica data de los veintiún años, cuando intentó escribir una obra a partir de materiales descartados de su Concierto para piano nº 1. A los veintitrés años, reemprende la tarea, pero con una lentitud extrema, guardando constantemente los borradores en un cajón que abrirá siempre más adelante, para volver a consignarlos.

Este tira y afloja duró hasta 1876, esto es, nada menos que veintidós años después de haber iniciado un proyecto que se antojaba maldito. El músico se encontraba disfrutando de sus vacaciones veraniegas en la isla de Sassnitz y habiendo acabado las últimas obras que tenía en proyecto se preguntó si no sería hora ya de acabar de ascender las cimas del género superior del repertorio. Por vez primera, y a sus cuarenta y tres años, se sentía con fuerzas para rematar la empresa. Sin embargo, el músico acabó abrumándose de las dimensiones que iba adquiriendo aquello y hasta suprimió algunos pasajes por encontrarlos demasiado hermosos como para ser parte de una sinfonía.

La Sinfonía nº 1, llamada por algunos desde su estreno la “Décima de Beethoven” vio la luz el 4 de noviembre de 1876 en Karlsruhe, ciudad en donde general se acogía con simpatía su música. El público fue favorable a la obra y es así que se repitió con cada vez más creciente en éxito en Viena (donde hubo alguna crítica marginal, de los enemigos de Brahms) y en Leipzig, donde no había conocido apenas triunfos. Respecto a Múnich, fue un estrepitoso fracaso que el propio autor esperaba, ya que nunca había sido santo de la devoción de aquel público.

En todo caso, Brahms había logrado romper su maldición y a partir de ahí sus restantes sinfonías surgieron con mucha más celeridad, como la Segunda, que escribió el verano siguiente. Resulta curioso que hasta ese momento Brahms fuera considerado un conservador por una buena parte del público, puesto que aquí expande la forma sinfónica, permitiéndola evolucionar en un salto de gigante, prosiguiendo el legado beethoveniano pero sin dejar de tener en el horizonte el clasicismo vienés. La complejidad fascinante y a la vez original de su arquitectura para nada obstruye la coherencia en la interrelación temática y la forma de interconectar con gran lógica los materiales musicales.

Sin duda alguna, Brahms es el puente entre Beethoven y el último estertor del sinfonismo clásico que constituirá Mahler y sin él no puede entenderse a este, ni tampoco a Dvořák o Sibelius.

La dramática e intensa introducción del primer movimiento, que no deja de ceñirse a la forma sonata, con el empleo de tres temas, es desarrollada hasta el límite de la expresión, con el empleo de nada menos que cinco ideas secundarias, que luego confluirán milagrosamente en el final. Ya desde el principio Brahms hace alarde de una orfebrería musical insólita que demuestra por qué a pesar de las notables sinfonías compuestas hasta entonces por Schubert, Mendelssohn o Schumann, es él, y no otro, el que ha continuado la labor de Beethoven donde este la dejó.

Pero en Brahms, tras la tempestad siempre llega una calma engañosa, que no es más que un paréntesis antes de volver a los tumultos del alma. Es por eso que en el “andante” se percibe cierta premura por acabar con la página tranquila obligada de la obra y retomar el discurso pasional. Aún así, el “poco allegretto” resulta soñador y hay en él una mirada que recuerda más al espíritu todavía clásico de Schubert, en los terceros movimientos de sus sinfonías que en los trepidantes scherzi de Beethoven.

El cuarto movimiento es la cima de este monumento que es la Primera. Tras un adagio introductorio, se expone en la cuerda un tema que quizás busca parecerse al del Himno a la alegría de Beethoven y que no es original de Brahms. En realidad, lo escuchó interpretado por un corno alpino durante unas vacaciones en Suiza y pensó que quedaría bien dentro de la conclusión de su sinfonía. Tras la irrupción de dos ideas secundarias, entra el segundo tema en forma de coral.

Pero Brahms, lejos de recurrir al desarrollo que marcaban los cánones, se embriaga de la belleza del tema suizo y lo repite una y otra vez, de todas las maneras posibles: triunfal, desatado, tempestuoso, alegre y amoroso. Después, la grandilocuencia con nobleza que caracteriza a esta sinfonía, conduce a un sentimiento de victoria que nos aleja del espíritu trágico del inicio, acaso en una recreación del propio periplo vital del artista, que anduvo buscándola con gran dolor, hasta culminar el viaje exitosamente veintidós años después.

Martín Llade

Sobre la ROSS

Real Orquesta Sinfónica de Sevilla

La Orquesta Sinfónica de Sevilla fue creada el año 1990 por decisión de la Junta de Andalucía y del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla y de lo que resultó una formación de 103 profesores que aúnan unas 19 nacionalidades diferentes y que hoy se mantiene en 89 profesores y un número mayor de nacionalizados españoles.

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